Esa mujer que en la maquinación de componer melancolías, rémoras.
Pugnando las ideas se afirmó en la arena.
Frente al inmenso océano...Descendiente de Urano y Gea,
quiso ser por unas horas sirena...
Allí, en la poblada noche de estrellas, menguaba la luna casi en ángulo obtuso del cielo.
Allí…trasmutó su cuerpo en verdes azulinos ¡con tan solo, mojar sus dedos extensos!...
Ninfa del mar, nadO extraña, en armónico navío, tomando no destino, apostó proa a lo fronterizo.
Así, llego en alba horaria, al arenal África…
Dadivosa en su respiro hizo aposento en un peñasco.
Peñasco que rodeaban varias ostras ya hurtadas de sus pepitas.
En tanta calma de su insólito viaje, se apodero de los amarronados paisajes,
alisando su larga cabellera oscura, quedo en esa arena nueva y desértica.
Reposando...¡sin pensar en nada! acomodó sus escamas.
Y en la calma de los rosas bellos del amanecer, sintió pisadas…
¿Humano?, no vive! … andaba diferente…cuatro patas ¡potentes!
Desliz, ¡confundido!, entre los tostados y los amarillos...
Se acercaba un león…
Más intriga despertó en la sirena.
¿Cómo un león pasea en las arenas?
Félido de los pastizales crujientes, ¡no puede beber de estos salitres!
Instinto de toda hembra; sirena veló del felino su estructura!...
Subió a la ola… y de la espuma agitada que iba a la orilla,
grito bajito para ver ¿qué hacia?...
León, ojos dilatados encauzaban al carnívoro entrenado.
Saciar apetito lo convocaba al mar azulado…
León… ¡¡trasmutado!! ...Hombre que toma sol para irradiar tostados.
Sirena…¡¡trofeo de lo atinado!! Mujer suave que fué alimento apreciado.
Por Mónica Lorenne Benítez
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